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Temas para controversia, pero que con una mirada avizora en la fuente de inspiración que es la Biblia, éstos, pueden ser de mucho provecho. Al menos, el intento de poner en balanza, o conceder el beneficio de la duda, en cada tema. La intención es hacer uso de lógica y razón.

Por razón de diseño del blog, no es posible dar el orden querido y debido a los temas. Recomiendo ver en el sig orden: Definiendo. El Viaje. Árbol del Conocimiento.

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Intentaré a menudo estar poniendo al día nuevos agregados a los ya existentes, o nuevos temas, u otros tópicos que pueda considerar de utilidad. ¡Gracias por visitarme! Aviso que filtraré los comentarios, porque no tiene caso publicar tonterías, denostaciones, groserias. Buscaré dar respuesta a los comentarios negativos, sea para aclarar o reconocer alguna falla o error. Espero que sea de utilidad:

berihuevas

domingo, 10 de agosto de 2014

1.- HUYENDO DEL CRISTIANISMO (MÁS NO DE LA CRISTIANDAD).

EL VIAJE
(Por Robert E. Burnell)

          En mi sueño, veo como un viajero solitario avanza por el camino. Al ponerse el sol tras las colinas, se distingue una ciudad. Al acercarse, el viajero ve lo que parece ser un grupo grande de iglesias. Las cúpulas y cruces se destacan contra el horizonte. Su paso se acelera. ¿Será éste su destino? Pasa un imponente edificio con un anuncio de neón que anuncia parpadeando: “Catedral del Futuro.” Más adelante, un estadio iluminado con reflectores ostenta una cartelera que se jacta de que allí la gente se amontona tres veces a la semana, con reuniones evangélicas. Más allá, modestas capillas neo-testamentarias y sinagogas hebreo-cristianas se agrupan a lo largo de la calle.
- “¿Es aquí la Ciudad de Dios?”, escucho al viajero preguntarle a una mujer que está en el kiosco de información en la plaza central.
-“No, aquí es Ciudad Cristiana”, le contesta.
-“¡Pero yo pensé que éste camino llevaba a la Ciudad de Dios!”, exclama con gran desencanto.
-“Eso es lo que todos pensábamos cuando llegamos”, le contesta en tono simpatizante.
-“Este camino continua subiendo por la montaña, ¿verdad?”, pregunta.
-“Realmente no sabría decirlo”, le contesta con la mirada vacía.
Veo como el hombre se da la vuelta y continúa subiendo con dificultad en medio de la obscuridad que se avecina. Al llegar a la cima, continúa hacia la obscuridad; parece que no hay nada, absolutamente nada. Se estremece ligeramente y regresa a Ciudad Cristiana, donde se hospeda en un hotel.
Al amanecer se levanta y aunque curiosamente no se siente descansado, nuevamente emprende el camino por la montaña. Al aumentar la luz del sol, descubre que lo que pensó la noche anterior que era un vacío, de hecho es un desierto – arena ondulante, seca y caliente a lo largo de todo lo que sus ojos alcanzan a ver. El camino se convierte en un sendero angosto que trepa por una duna y desaparece. “¿Podrá éste sendero llevarme a la Ciudad de Dios?”, se pregunta en voz alta. “Se ve bastante solitario y parece rara vez transitado.”
Sus pasos se tornan más lentos por la indecisión. Regresa a Ciudad Cristiana y se dirige a un restaurante para comer. Por encima de la música de un disco evangélico, le pregunta al hombre que está en la mesa de al lado, “Ese sendero que sube por la montaña, donde empieza el desierto, ¿me llevará a la Ciudad de Dios?”
- “No seas tonto”, le contesta rápidamente. “¡Todos los que se han ido por ese camino se han perdido, se los traga el desierto! Si buscas a Dios, hay bastantes buenas iglesias en ésta ciudad. Debes escoger una y quedarte aquí.”
Al salir del restaurante, sintiéndose cansado y confundido, busca un lugar debajo de un árbol y se sienta. Se le acerca un anciano, quien empieza a rogarle en tonos urgentes. “Sí te quedas aquí, en Ciudad Cristiana, te secarás. Debes tomar el sendero. Yo pertenezco al desierto que viste ésta mañana. Fui enviado para animarte a que continúes. Recorrerás muchos kilómetros, tendrás sed y calor, pero los ángeles caminarán contigo y hallarás manantiales de agua a lo largo del camino. Y, ¡al final del viaje, llegarás a la Ciudad de Dios! ¡Nunca has visto tal belleza! ¡Al llegar, las puertas serán abiertas para ti, pues se te está esperando!”
-“Lo que dices suena maravilloso”, contesta el viajero, “Pero me temo que nunca podré sobrevivir ese desierto. Quizá sea mejor que me quede aquí en Ciudad Cristiana.”
El anciano sonríe. Ciudad Cristiana es el lugar para aquellos que quieren religión sin perder su vida. El desierto es el territorio de aquéllos cuyo corazón tiene tanta sed de Dios, que están dispuestos a perderse en Él. Amigo, cuando Pedro sacó su bote a tierra, abandonando todo para seguir a Jesús, estaba siendo tragado por el desierto. Cuando Mateo dejó de cobrar impuestos y Pablo renunció a su fariseísmo, ellos también estaban abandonando una ciudad parecida a ésta, para correr sobre las dunas, tras Jesús, y así perderse en Dios. Por lo tanto, no tengas miedo. ¡Muchos han ido antes que tú!”
En seguida, me doy cuenta que el viajero quita su vista de los ojos quemantes ojos del anciano y voltea hacia el ruido de Ciudad Cristiana. Observa a la gente ocupada, corriendo de aquí para allá, con sus Biblias y portafolios brillantes, viéndose como hombres y mujeres que conocen su destino. Pero es obvio que les falta algo, ese algo que el anciano con ojos de profeta, posee.
En mi sueño, me imagino que el viajero va dándole vueltas al asunto en su mente. “Sí me voy allá, ¿Cómo podré estar seguro que realmente me perderé en Dios? En la Edad Media, algunos cristianos trataron de perderse en Dios, dejando el mundo atrás, entrando a un monasterio. ¡Cuánta se decepcionaron algunos de ellos, al encontrar que el mundo estaba allí también! Y, ¿Qué tal sí la gente que se está preparando aquí en Ciudad Cristiana, para irse a la jungla o a algún barrio descuidado, está más cerca de perderse en Dios? Pero claro, entiendo que una persona podría viajar hasta el fin del mundo y nunca perderse.”
El viajero voltea para ver al anciano nuevamente, quien ha empezado a caminar por el angosto sendero que lleva hacia el desierto. De repente, una decisión moviliza sus pies y dando un salto, el viajero corre tras de él. Cuando lo alcanza, no se dicen nada. El anciano da una vuelta abrupta hacia la derecha y lo guía hacia otra pendiente más escarpada, que sube hacia un pico envuelto en una luminosa nube. La escalada se hace muy difícil. El viajero parece marearse y empieza a tambalearse. Su guía se detiene y le ofrece un trago del frasco que lleva sobre su hombro. Jadeante, bebe a grandes sorbos. “Ningún agua me ha sabido tan dulce como ésta”, exclama con gran sentimiento. “Gracias.”
El anciano señalando a lo lejos a un panorama no tan monótono ni tan desolado como antes parecía, le dice, “Mira allá.” El desierto se ha tornado en muchos colores de diferentes tonos. A lo lejos, una luz brillante parpadea y se mueve sobre el horizonte, como algo viviente. “¡Allá está la Ciudad de Dios! Pero antes de llegar, tendrás que haber pasado por esos cuatro desiertos que ves. Inmediatamente debajo de nosotros está el Desierto del Perdón. El viajero distingue pequeñas figuras difusas que avanzan despacio hacia la ciudad, separadas unas de otras por varios kilómetros.
¿Cómo pueden sobrevivir la soledad?”, pregunta el viajero. “¿No sería mejor que viajaran juntos?”
Bueno, realmente no van solos. Cada uno va acompañado por el perdón de Dios. Están siendo tragados por el desierto de la vasta misericordia de Dios. Mientras ellos viajan, el Espíritu Santo les va diciendo, "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." Ellos están siendo sanados al ir caminando.”
Un poco más adelante se divisa una expansión azul. “¿Es un mar?”, pregunta el viajero.
Parece agua, pero es una mar de arena. Ese es el Desierto de la Adoración. Mira a través de éstos anteojos y verás que allí también hay gente caminando. Fíjate como en ese lugar empiezan a agruparse las personas. Están percibiendo la primera muestra del gozo de la Ciudad – la Adoración. Están descubriendo que fueron creados para la adoración de Dios y, eso, se está convirtiendo en su estilo de vida – la fuente candente de todo lo que hacen.”
¿Qué acaso en Ciudad Cristiana al gente no adora?” ¿Qué tiene de especial éste desierto?”
La adoración, es decir la verdadera adoración, sólo puede darse cuando una vida se ha abandonado completamente al desierto de la presencia de Dios. Es entonces cuando el corazón empieza a adorar al Padre, en espíritu y en verdad.”
Más allá de la expansión azul, donde el desierto se eleva entre rojas y ardientes montañas”, el anciano, explica al viajero, “se encuentra el Desierto de la Oración.
Al pasar por éste desierto, los viajeros encuentran que es necesario olvidarse de toda distracción y concentrarse en la oración. Muy pronto se dan cuenta que no hay otra forma de sobrevivir, sino clamando a Dios continuamente. Para cuando llegan al extremo final de ese desierto, la oración, ha llegado a ser su gozo supremo y una pasión que los consume. “A primera vista, parece ser que la Ciudad de Dios esta al otro lado del Desierto de la Oración. Pero hay un desierto más, escondido por esas montañas, el cual debes pasar antes de llegar a tu destino. Se le llama simplemente La Siega... Cuando llegues allí, tú lo sabrás. Y más allá de La Siega, está la Ciudad misma. ¡Tú nombre es conocido allí! ¡Tu llegada es esperada con ansiedad! Ven empecemos nuestro viaje.”
No me parece que el anochecer sea el tiempo más propicio para empezar un viaje como éste”, comenta el viajero.
No regreses a Ciudad Cristiana”, le exhorta el anciano, contemplándole seriamente.
¿Ni aunque sea tan tarde? Así podré tener un buen descanso esta noche y salir a primera hora mañana”, agrega el viajero con esperanza.

Tú descanso se encuentra allá”, le insta. “Camina ahora mismo hacia el desierto. El Espíritu Santo te ayudará. No temas perderte en Dios. En ningún otro lugar podrás encontrar tu vida.”

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