EL
VIAJE
(Por Robert E. Burnell)
En
mi sueño, veo como un viajero solitario avanza por el camino. Al
ponerse el sol tras las colinas, se distingue una ciudad. Al
acercarse, el viajero ve lo que parece ser un grupo grande de
iglesias. Las cúpulas y cruces se destacan contra el horizonte.
Su paso se acelera. ¿Será éste su destino? Pasa un imponente
edificio con un anuncio de neón que anuncia parpadeando: “Catedral
del Futuro.” Más adelante, un estadio iluminado con reflectores
ostenta una cartelera que se jacta de que allí la gente se amontona
tres veces a la semana, con reuniones evangélicas. Más allá,
modestas capillas neo-testamentarias y sinagogas hebreo-cristianas se
agrupan a lo largo de la calle.
-
“¿Es aquí la Ciudad de Dios?”, escucho al viajero preguntarle a
una mujer que está en el kiosco de información en la plaza central.
-“No,
aquí es Ciudad Cristiana”, le contesta.
-“¡Pero
yo pensé que éste camino llevaba a la Ciudad de Dios!”, exclama
con gran desencanto.
-“Eso
es lo que todos pensábamos cuando llegamos”, le contesta en tono
simpatizante.
-“Este
camino continua subiendo por la montaña, ¿verdad?”, pregunta.
-“Realmente
no sabría decirlo”, le contesta con la mirada vacía.
Veo
como el hombre se da la vuelta y continúa subiendo con dificultad en
medio de la obscuridad que se avecina. Al llegar a la cima,
continúa hacia la obscuridad; parece que no hay nada, absolutamente
nada. Se estremece ligeramente y regresa a Ciudad Cristiana, donde
se hospeda en un hotel.
Al
amanecer se levanta y aunque curiosamente no se siente descansado,
nuevamente emprende el camino por la montaña. Al aumentar la luz
del sol, descubre que lo que pensó la noche anterior que era un
vacío, de hecho es un desierto – arena ondulante, seca y caliente
a lo largo de todo lo que sus ojos alcanzan a ver. El camino se
convierte en un sendero angosto que trepa por una duna y desaparece.
“¿Podrá éste sendero llevarme a la Ciudad de Dios?”, se
pregunta en voz alta. “Se ve bastante solitario y parece rara vez
transitado.”
Sus
pasos se tornan más lentos por la indecisión. Regresa a Ciudad
Cristiana y se dirige a un restaurante para comer. Por encima de la
música de un disco evangélico, le pregunta al hombre que está en
la mesa de al lado, “Ese sendero que sube por la montaña, donde
empieza el desierto, ¿me llevará a la Ciudad de Dios?”
-
“No seas tonto”, le contesta rápidamente. “¡Todos los que
se han ido por ese camino se han perdido, se los traga el desierto!
Si buscas a Dios, hay bastantes buenas iglesias en ésta ciudad.
Debes escoger una y quedarte aquí.”
Al
salir del restaurante, sintiéndose cansado y confundido, busca un
lugar debajo de un árbol y se sienta. Se le acerca un anciano,
quien empieza a rogarle en tonos urgentes. “Sí te quedas aquí,
en Ciudad Cristiana, te secarás. Debes tomar el sendero. Yo
pertenezco al desierto que viste ésta mañana. Fui enviado para
animarte a que continúes. Recorrerás muchos kilómetros, tendrás
sed y calor, pero los ángeles caminarán contigo y hallarás
manantiales de agua a lo largo del camino. Y, ¡al final del viaje,
llegarás a la Ciudad de Dios! ¡Nunca has visto tal belleza! ¡Al
llegar, las puertas serán abiertas para ti, pues se te está
esperando!”
-“Lo
que dices suena maravilloso”, contesta el viajero, “Pero me
temo que nunca podré sobrevivir ese desierto. Quizá sea mejor que
me quede aquí en Ciudad Cristiana.”
El
anciano sonríe. “Ciudad
Cristiana es el lugar para aquellos que quieren religión
sin
perder su vida. El
desierto es el territorio de aquéllos cuyo corazón tiene tanta sed
de Dios, que están dispuestos a perderse en
Él.
Amigo, cuando Pedro sacó su bote a tierra, abandonando todo para
seguir a Jesús, estaba siendo tragado por el desierto. Cuando
Mateo dejó de cobrar impuestos y Pablo renunció a su fariseísmo,
ellos también estaban abandonando una ciudad parecida a ésta, para
correr sobre las dunas, tras Jesús, y así perderse en Dios. Por
lo tanto, no tengas miedo. ¡Muchos han ido antes que tú!”
En
seguida, me doy cuenta que el viajero quita su vista de los ojos
quemantes ojos del anciano y voltea hacia el ruido de Ciudad
Cristiana. Observa a la gente ocupada, corriendo de aquí para
allá, con sus Biblias y portafolios brillantes, viéndose como
hombres y mujeres que conocen su destino. Pero es obvio que les
falta algo, ese algo que el anciano con ojos de profeta, posee.
En
mi sueño, me imagino que el viajero va dándole vueltas al asunto en
su mente. “Sí me voy allá, ¿Cómo podré estar seguro que
realmente me perderé en Dios? En la Edad Media, algunos cristianos
trataron de perderse en Dios, dejando el mundo atrás, entrando a un
monasterio. ¡Cuánta se decepcionaron algunos de ellos, al
encontrar que el mundo estaba allí también! Y, ¿Qué tal sí la
gente que se está preparando aquí en Ciudad Cristiana, para irse a
la jungla o a algún barrio descuidado, está más cerca de perderse
en Dios? Pero claro, entiendo que una persona podría viajar hasta
el fin del mundo y nunca perderse.”
El
viajero voltea para ver al anciano nuevamente, quien ha empezado a
caminar por el angosto sendero que lleva hacia el desierto. De
repente, una decisión moviliza sus pies y dando un salto, el viajero
corre tras de él. Cuando lo alcanza, no se dicen nada. El
anciano da una vuelta abrupta hacia la derecha y lo guía hacia otra
pendiente más escarpada, que sube hacia un pico envuelto en una
luminosa nube. La escalada se hace muy difícil. El viajero
parece marearse y empieza a tambalearse. Su guía se detiene y le
ofrece un trago del frasco que lleva sobre su hombro. Jadeante,
bebe a grandes sorbos. “Ningún agua me ha sabido tan dulce como
ésta”, exclama con gran sentimiento. “Gracias.”
El
anciano señalando a lo lejos a un panorama no tan monótono ni tan
desolado como antes parecía, le dice, “Mira allá.” El
desierto se ha tornado en muchos colores de diferentes tonos. A lo
lejos, una luz brillante parpadea y se mueve sobre el horizonte, como
algo viviente. “¡Allá está la Ciudad de Dios! Pero antes de
llegar, tendrás que haber pasado por esos cuatro desiertos que ves.
Inmediatamente debajo de nosotros está el Desierto
del Perdón. El viajero distingue pequeñas figuras difusas que avanzan despacio
hacia la ciudad, separadas unas de otras por varios kilómetros.
“¿Cómo
pueden sobrevivir la soledad?”, pregunta el viajero. “¿No sería
mejor que viajaran juntos?”
“Bueno,
realmente no van solos. Cada uno va acompañado por el perdón de
Dios. Están siendo tragados por el desierto de la vasta
misericordia de Dios. Mientras ellos viajan, el Espíritu Santo les
va diciendo, "He
aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo."
Ellos están siendo sanados al ir caminando.”
Un
poco más adelante se divisa una expansión azul. “¿Es un mar?”,
pregunta el viajero.
“Parece
agua, pero es una mar de arena. Ese es el Desierto
de la Adoración.
Mira a través de éstos anteojos y verás que allí también hay
gente caminando. Fíjate como en ese lugar empiezan a agruparse las
personas. Están percibiendo la primera muestra del gozo de la
Ciudad – la Adoración. Están descubriendo que fueron creados
para la adoración de Dios y, eso, se está convirtiendo en su estilo
de vida – la fuente candente de todo lo que hacen.”
“¿Qué
acaso en Ciudad Cristiana al gente no adora?” ¿Qué tiene de
especial éste desierto?”
“La
adoración, es decir la verdadera adoración, sólo puede darse
cuando una vida se ha abandonado completamente al desierto de la
presencia de Dios. Es entonces cuando el corazón empieza a adorar
al Padre, en espíritu y en verdad.”
“Más
allá de la expansión azul, donde el desierto se eleva entre rojas y
ardientes montañas”, el anciano, explica al viajero, “se
encuentra el Desierto
de la Oración.
Al
pasar por éste desierto, los viajeros encuentran que es necesario
olvidarse de toda distracción y concentrarse en la oración. Muy
pronto se dan cuenta que no hay otra forma de sobrevivir, sino
clamando a Dios continuamente. Para cuando llegan al extremo final
de ese desierto, la oración, ha llegado a ser su gozo supremo y una
pasión que los consume. “A primera vista, parece ser que la
Ciudad de Dios esta al otro lado del Desierto de la Oración. Pero
hay un desierto más, escondido por esas montañas, el cual debes
pasar antes de llegar a tu destino. Se le llama simplemente La
Siega...
Cuando llegues allí, tú lo sabrás. Y más allá de La Siega,
está la Ciudad misma. ¡Tú nombre es conocido allí! ¡Tu
llegada es esperada con ansiedad! Ven empecemos nuestro viaje.”
“No
me parece que el anochecer sea el tiempo más propicio para empezar
un viaje como éste”, comenta el viajero.
“No
regreses a Ciudad Cristiana”, le exhorta el anciano, contemplándole
seriamente.
“¿Ni
aunque sea tan tarde? Así podré tener un buen descanso esta noche
y salir a primera hora mañana”, agrega el viajero con esperanza.
“Tú
descanso se encuentra allá”, le insta. “Camina ahora mismo
hacia el desierto. El Espíritu Santo te ayudará. No temas
perderte en Dios. En ningún otro lugar podrás encontrar tu vida.”
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