6.- LOS
DOS AVIVAMIENTOS
En
éste punto de la jornada del viajero, fui llevado de ese escenario a
lo alto de un risco. Allí encontré una placa de piedra, inscrita
con las palabras del Apocalipsis capítulo 19: “Entonces
vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo
montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea.
Sus ojos eran como llamas de fuego, y había en su cabeza muchas
diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino Él
mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y Su nombre
es: El Verbo de Dios. Y los ejércitos celestiales, vestidos de
lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos.
De Su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones,
y Él las regirá con vara de hierro.; y el pisa el lagar del vino
del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en Su vestidura y en
Su muslo tiene escrito éste nombre: Rey de Reyes y Señor de
Señores.”
Al
levantar la vista de la placa, vi, debajo de donde estaba, dos
avivamientos que se daba simultáneamente. Ciudad Cristiana estaba
experimentando un avivamiento que se manifestaba en un rápido
crecimiento masivo. En muy poco tiempo, la población había
aumentado diez veces. Edificios se estaban levantando por todos
lados. Casas nuevas se extendían por todas las colinas alrededor.
Pero el aspecto más dramático del crecimiento de Ciudad Cristiana,
era la aparición de magníficas estructuras de iglesias que se
elevaban por doquier. Una catedral estaba siendo terminada, la cual
tenía una torre de setenta pisos de altura, albergando el transmisor
más potente del mundo. Otra iglesia tenía la forma de un
gigantesco domo de vidrio, con una plataforma giratoria y sistema de
sonido circundante. Lo más inusual, se veía como una cruz
levantada, con quince elevadores que transportaban a la gente al
santuario que estaba en el brazo de la cruz que daba al lado sur y un
restaurante cristiano al lado norte. Había instalaciones para la
educación cristiana para todas las edades, desde pre-kinder hasta
escuela de graduados; éste grupo patrocinaba centros para retiros,
al estilo chalets suizos panorámicos, con amplios auditorios para
conferencias.
En
Ciudad Cristiana se consideraba que tal crecimiento era una señal de
los últimos tiempos. Las listas de los libros más vendidos,
indicaban que aquéllos sobre el fin de los tiempos, eran los más
populares, después de los manuales cristianos de sexo. Reporteros
de todo el mundo estaban allí para escribir artículos sobre el auge
que se daba. Los habitantes de Ciudad Cristiana estaban proclamando
que, cuando viniera el fin, ellos serían trasladados a la Ciudad de
Dios, antes que el caos se desatara.
Al
mismo tiempo, al otro lado del desierto, en la lejana Ciudad de Dios,
un avivamiento muy diferente estaba dándose, sin ninguno de los
adornos
de la religión exitosa.
Hombres y mujeres moribundos estaban siendo levantados sobre sus
pies, como los huesos que Ezequiel vio. Estaban siendo libertados
de sus enfermedades, sus pecados y sus prisiones espirituales, con
sólo beber el agua de vida que se les compartía y que les traía
sanidad. Como si fueran un fuego que se extendía o una inundación,
los enfermos estaban siendo levantados. Los obreros que habían
pasado años trabajando y viendo resultados muy limitados,
encontraban que ahora sólo se necesitaba una gota de agua en la
lengua seca de alguien, para levantar a los moribundos, a vida. Y
cada día éste proceso se llevaba a cabo con mayor rapidez.
Finalmente observé como el último de los cuerpos postrados era
levantado a vida. Lo que había parecido un campo de batalla de
derrota, había venido a ser el campamento de un poderoso ejército.
Repentinamente, un terremoto sacudió el suelo bajo mis pies. El
cielo se oscureció y un sonido de guerra retumbó en el este.
Fue
entonces cuando vi como Ciudad Cristiana era invadida y destruida.
Las magníficas catedrales, la cruz más grande del mundo, los
centros para retiro y los auditorios para conferencias estaban siendo
hechos añicos y derribados por explosiones ensordecedoras. Los
cadáveres de los habitantes que habían creído que escaparían éste
holocausto, llenaban las calles. Los ejércitos de destrucción
ahora se encaminaban hacia el desierto, escenario del segundo
avivamiento. Muy pronto, lo que parecía una horda indestructible
estaba rodeando el Desierto del Perdón, el Desierto de la Adoración
y el Desierto de la Oración. Un solo rugido como el de una bestia
herida, llenó el aire en cuanto la Ciudad de Dios apareció a su
vista. La horda se lanzó hacia su meta, para tomar la Ciudad de
Dios. Pero cerca del muro de la Ciudad, el ejército de aquellos
que habían sido revividos esperaba con gran aplomo. Cuando el
enemigo estaba a su alcance, las puertas de la Ciudad se abrieron y
salió marchando el Ejército de Luz, dirigido por un Rey de tal
esplendor, que la horda enemiga tuvo que protegerse los ojos. Los
revividos se mezclaron con el Ejército de Luz y entablaron batalla
con el enemigo. Tres días y medio más tarde, la guerra había
terminado. El enemigo estaba destruido y los triunfantes entraron
en la Ciudad de Dios para lo cual habían sido escogidos, desde antes
de la fundación del mundo.
Nuevamente
fui llevado para leer otra placa grabada con otras palabras del
Apocalipsis:
“Y
vi un ángel que estaba en pie en el sol, y clamó a gran voz,
diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: Venid, y
congregaos a la gran cena de Dios, para que comáis carne de reyes y
de capitanes, y carnes de fuertes, carnes de caballos y de sus
jinetes, y carnes de todos, libres y esclavos, pequeños y grandes.
Y vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos,
reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo, y contra su
ejército. Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta
que había hecho delante de ella las señales con las cuales había
engañado a los que recibieron la marca de la bestia, y habían
adorado su imagen. Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un
lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con
la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas
las aves se saciaron de las carnes de ellos.”
“Vi
un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo, y una
gran cadena en la mano. Y prendió al dragón, la serpiente
antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo
arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que
no engañara más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil
años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo.
Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de
juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de
Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la
bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni
en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años.”
Cuando
hube acabado de leer esto, tan abruptamente como había venido a mí
el sueño, éste terminó, dejándome un profundo sentimiento de
temor reverencial, una nueva consciencia de las tendencias ocultas en
mi propia vida, y un renovado deseo de buscar y conocer a Dios en
espíritu y en verdad.
Nunca
antes había sido tan claro para mí, que dos avivamientos están en
progreso sobre la tierra. Uno
es el avivamiento del Espíritu de Dios, por medio del cual, los
hombres y mujeres muertos en sus delitos y pecados, son libertados de
ellos por la sangre del Cordero y levantados a una vida que es la
vida de los hijos de Dios; una vida que produce la naturaleza de Dios
y manifiesta la misericordia de Dios.
El otro avivamiento es el avivamiento de la religión carnal, el
que es tan atractivo, reúne tales multitudes y ejerce tal poder en
éste mundo porque ofrece todo el consuelo de la religión, mientras
que al mismo tiempo permite al hombre conservar; para sí mismo, su
ego y todos sus derechos.
Ciertamente
cada uno de nosotros necesita decidir a cuál de estos dos
avivamientos quiere pertenecer. ¿Invertiré
mi vida en alguna empresa exitosa en Ciudad Cristiana? ¿Perderé
mi vida siguiendo la voluntad del Dios de misericordia? ¿Me
concentraré
en edificar algo que haga que los ciudadanos de Ciudad Cristiana se
detengan y admiren? ¿Gastaré
mi vida llevando a los pobres, lisiados, los cojos y los ciegos a la
mesa del Señor?
Por: Robert E. Burnell
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