1.- EL
DESIERTO DEL PERDÓN
Al
caer la noche, el anciano ha dejado al viajero solo, parado a la
orilla del desierto. A su espalda, las luces de Ciudad Cristiana le
invitan a regresar. Puedo imaginar que él está pensando en lo
agradable que sería una conversación amigable junto con una comida
caliente, e irse después a dormir en una confortable cama. De
repente la expresión de su rostro cambia y con resolución murmura,
“sin duda éste es el camino que debo tomar. Encontraré mi vida
sólo si la pierdo, eso es seguro. Pero, ¿Cómo
puedo saber con certeza si tomo este sendero hacia el desierto
realmente me perderé en Dios, y no solamente me perderé?
Puedo recordar mucha gente que tomó un sendero solitario que los
llevó, no a la Ciudad de Dios, sino a pensamientos irreales y falsas
experiencias, de tal forma que sus mentes y sus vidas fueron
destruidas. El peligro de aceptar algo que sea menor a lo que la
vida en Ciudad Cristiana tiene que ofrecer, debe ser evaluado contra
la posibilidad de perder la vida en el desierto de un engaño
espiritual. Estoy seguro que en la obscuridad que se ve más allá,
además del sendero que lleva a la Ciudad de Dios, habrá muchas
trampas que llevan al infierno, donde puede uno perderse en una
inútil soledad. ¿Cómo
puedo estar seguro que podré distinguir el verdadero sendero?
Lo
que en mi sueño creía que era una estrella que colgaba muy bajo en
el horizonte, ahora toma la forma de una cruz que pende directamente
sobre el sendero que esta frente al viajero. Al levantar la vista,
se fija en ella y su rostro muestra entendimiento. Susurra
quedamente, “Perdón.” Y con una profunda reverencia cita:
“Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su
propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a Él,
fuera del campamento, llevando su vituperio; porque no tenemos aquí
una ciudad permanente, sino que buscamos la porvenir.”
¡Sí, continuaré!, exclama el viajero con gran gozo, dando sus
primeros pasos hacia el desierto.
Al
despuntar el nuevo día, no ve nada sino cielo azul, arena y un
sendero que puede distinguirse de entre los demás, por la cruz que
cuelga trémulamente, precisamente donde la senda se encuentra en el
horizonte. Al ir avanzando el día, es obvio que el viajero se
encuentra cansado, sediento y enfermo por el calor. Justo entonces,
cuando parece que ya no puede arrastrar los pies para dar un paso
más, aparece un desconocido a su lado.
“Detrás
de la siguiente colina, encontrarás un manantial”, le dice.
“Continúa, ya casi llegaste”, le anima. Pronto se encuentra
recostado junto a un manantial tomando y comiendo el alimento que el
amable desconocido le provee. “Éste es el Desierto del Perdón”,
explica el viajero. “Con frecuencia la gente espera que el perdón
de Dios sea como un hermoso parque con fuentes, ríos y pasto verde.
No pueden entender por qué tiene que ser un desierto. Sin
embargo, es
necesario aprender que el perdón de Dios es todo
– y quiero decir, ¡Todo! Esto es posible sólo en un desierto,
donde el cristiano no puede ver nada, apreciar nada, esperar nada,
sino la Cruz de Jesús.” Luego, le cita varios pasajes de
Gálatas:
“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo
al mundo. Porque en Cristo Jesús, ni la circuncisión vale nada,
ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que
andan conforme a ésta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al
Israel de Dios.”
“Con
Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive
Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del
hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No
desecho la gracia de Dios; pues sí por la ley fuese la justicia,
entonces por demás murió Cristo.”
“¿Crees
que el apóstol Pablo pasó por éste desierto?, pregunta el viajero.
“Claro
que sí. Por años Pablo trabajo arduamente en Ciudad Religión
para llegar a ser un hombre religioso. A pesar de eso, no encontró
paz para su espíritu. Fue entonces cuando Pablo se encontró con
Jesús y desde entonces, Jesús sólo significó una cosa para Pablo:
Perdón.
Pablo se quedo anonadado con esto. A partir de entonces, el
perdón de la cruz fue el tema de su vida. Pero la primera
experiencia de Pablo sobre el
Reino de Dios como una realidad en su vida, fue
precisamente en éste desierto.”
“Así
es que yo voy caminando por donde caminaron los apóstoles”,
exclama el viajero, su voz se llena de temor reverencial.
“¿Recuerdas
cuando Jesús le mandó a Pedro que echara su red, y éste la sacó
llena de peces? Su respuesta inmediata fue:
¡Apártate de mí, Señor porque soy pecador!” Jesús
le contestó, “No
temas; desde ahora será pescador de hombres.”
Implícita en la respuesta de Jesús estaba: “No te preocupes,
yo me encargo de tu pecado.” Y cuando trajeron las barcas a
tierra y dejaron todo y siguieron a Jesús – le siguieron hasta
aquí – el Desierto del Perdón en busca de Su cruz. Después que
Jesús había muerto por los pecados de Pedro, resucitado para su
justificación y antes de que lo llenase con el Espíritu Santo, le
dijo al hombre que lo había negado tres veces: “Simón,
hijo de Jonás, ¡me amas?...apacienta mis corderos.”
Y con ésta pregunta y mandato, repetido tres veces, la vida de
Pedro fue sanada por el perdón de Su Señor.”
“Por
años”, el viajero comenta, “he estado tratando de ir más allá
del perdón teórico, doctrinal, probablemente lo que se enseña en
Ciudad Cristiana, a fin de conocer el perdón mismo. He deseado ser
inmerso, bautizado, perderme
en Él. He ansiado oír a Jesús decirme personalmente: “Ten
ánimo, hermano, tus pecados son perdonados.” He deseado que la
sangre de la cruz fluya en mi corazón para purificarlo.”
“Has
venido al lugar correcto. Antes que llegues al otro lado de éste
desierto, habrás experimentado el alivio de no llevar la carga, que
hasta ahora has llevado contigo. Empezarás a caminar delante de
Dios sin avergonzarte. Así como estabas antes obsesionado con la
necesidad de edificarte a ti mismo, pronto lo estarás con el perdón
de Dios.”
“¿Obsesionado
con el perdón de Dios?”, pregunta. “Llegarás a estar tan
obsesionado con la misericordia de Dios, que serás libre de la
opinión de la gente por primera vez en tu vida.”
“¡Ja!
¿Yo? ¡No!”, replica inmediatamente.
“La
mujer que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, estaba
obsesionada con Su perdón a tal grado, que no hizo caso de las
burlas y las opiniones de los demás. Y el leproso que fue sanado -
con gozo cayó a los pies de Jesús, dando gracias por algo más que
la limpieza de su cuerpo; había recibido la sanidad interior que
trae el perdón. Cuando Zaqueo subió al árbol para ver a Jesús,
contempló caminando hacia Él, por el camino, a su propio perdón.
Quedó tan obsesionado con el perdón que inundó su vida ese día,
que las cadenas de la avaricia fueron quitadas de su corazón.
¡Verdaderamente has venido al lugar donde esto puede sucederte a
ti!”
El
viajero continúa su viaje, mientras que una misteriosa acompañante
camina silenciosamente a su lado por una hora o dos y después
desaparece.
“¡Qué
tremendo gozo siento!”, exclama el viajero en alta voz. “¡Esto
debe ser lo que los discípulos sintieron, cuando regresaban a
Jerusalén, después de la ascensión de Jesús!”
El
viajero distingue, a la luz en forma de cruz, la figura de otra mujer
sobre la parte alta de la siguiente duna, que viene bajando la
pendiente, despacio hacia él. Parece reconocerla. Por su
expresión me imagino que ésta persona le dañó en el pasado. Al
irse acercando, sus ojos quedan fijos en el viajero.
“¿Me
perdonas?”, le pregunta.
El
viajero se detiene. La mujer se le acerca aún más y le pregunta
por segunda vez, “¿Me perdonas?” Están cara a cara, cuando
ella, por tercera vez, le pregunta, “¿Me perdonas?” El
acompañante misterioso del viajero se encuentra de nuevo a su lado,
dándole instrucciones quietamente. “Éste Desierto del Perdón
no sólo es un lugar donde se recibe perdón, sino también donde se
perdona a otros. Ésta mujer es sólo la primera de una procesión
de gentes de tu pasado, a quien, realmente tú, nunca has perdonado.
La paciencia sobrenatural que ha estado inundando tu vida durante
todo éste día, está siendo retada por la amargura que has tenido
guardada en tu alma durante todos éstos años. ¡Debes escoger!
El perdón estéril, superficial y vacío de tu vida pasada, no te
permite ni siquiera ser amable con ésta mujer. Pero el perdón de
Dios que ha estado fluyendo hasta el punto de llegar a ser una
obsesión, podrá fluir ahora de ti, sí
tú lo permites.”
El
viajero extiende su brazo, toma a la mujer de su mano, le ve a los
ojos y contesta, “¡Desde luego que te perdono!”
Ella
llora. Y en el momento que forma la palabra “Gracias” con su
boca, desaparece.
El
hombre que en Ciudad Cristiana le dijo al viajero que no fuera un
tonto, viene corriendo, jadeante hacia él. Secándose la cara con
su pañuelo, el afligido hombre empieza a pedirle perdón.
“Desde
luego, desde luego”, cordialmente le contesta el viajero. “No
es nada. No te preocupes.”
“Por
favor no tomes esto tan realmente a la ligera. Necesito
tú perdón. ¿Realmente
me perdonas, desde el fondo de tú corazón?”
“¡Pero
si ya lo hice!”, contesta el viajero. Su acompañante esclarece
la situación un poco. “Él
necesita tu perdón.
No tu cortesía, sino un
activo y genuino perdón.
Necesita tú amor.”
“Mi
amigo”, el viajero le dice sinceramente en un tono respetuoso,
“eres perdonado.”
Con
gran alivio, el hombre suspira, “Gracias”, y desaparece en el
aire del desierto. Su acompañante le recuerda el versículo de
Mateo 18, que dice: “Entonces
se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿Cuántas veces perdonaré
a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? No te digo
hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete.”
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