5.- LA
VISIÓN
Cuando
en mi sueño vuelvo a ver al viajero, éste ha empezado a quejarse.
“¿Cuánto va a durar esto? Yo hubiera pensado que para ahora ya
se habría terminado todo el trabajo y podríamos continuar. Lo
siento mucho, pero estoy cansado. Me voy junto aquella peña para
descansar un par de días.”
Más
tarde, otro viajero pasa junto a la peña y lo encuentra casi muerto.
Corriendo al manantial, llena dos frascos, regresa y vacía el
precioso líquido en su garganta.
“Tómatela,
hermano, tómatela.”
“¡Gracias,
gracias! Por poco y me muero, dice el primer viajero entre sorbos.
“Pero, ¿Cómo llegué a tal estado? ¿Qué falló?”
Su
misterioso acompañante se le une otra vez. “Hermano”, le dice,
“perdiste tú fuerza porque perdiste tú visión. La Ciudad de
Dios que yace allá, es tú destino. Es tú hogar, la habitación
de nuestro Dios. Mientras estés trabajando, asegúrate de tomar
tiempo diariamente, cada hora, para detenerte y mirar a la Ciudad de
Dios. Sí dejas de levantar tú vista durante tus labores para ver
la Ciudad de Dios, dejas de tomar tiempo para escuchar Su música,
dejas de respirar la atmósfera que esparce, o de beber del manantial
que fluye por debajo de sus puertas, quedarás exhausto. Debes
recordar que el poder que te sostiene, emana de la Ciudad.”
El
viajero reanuda su trabajo en La Siega, con nuevo vigor. Pero al
caer la tarde, vencido por el cansancio, se dirige al manantial.
Una mujer que se ve bastante vieja se va acercando; sin embargo, no
parece estar cansada en lo más mínimo.
“¿Cuál
es tú secreto?, le pregunta el viajero. “Te ves tan joven y
vigorosa, mientras que a mí ya no me quedan fuerzas.”
“Yo
he aprendido de Daniel”, le contesta. “Daniel debe haber sido
un hombre sumamente ocupado; sin embargo, en medio de las presiones
diarias que lo apremiaban, él continuó regresando a su cámara
cuyas ventanas daban hacia el oeste. Allí, viendo hacia Jerusalén,
a cientos de kilómetros de distancia, él oraba y daba gracias a
Dios. Y aunque significara el foso de los leones, Daniel rehusó
dejar de elevar sus oraciones.
Él mantuvo su visión viva, enfocado siempre en la Ciudad de Dios.
Y eso, es lo que yo hago. Entre más tengo que luchar con
problemas aquí en La Siega, entre el tiempo más me presiona, más
firmemente fijo mis ojos en la Ciudad de Dios. Me aseguro de estar
levantando la vista con frecuencia. Cada vez que como pan y tomo
vino, lo hago con anticipación así como en recuerdo. Sabes, ese
es el alimento en la Ciudad. Eso mantiene mis ojos y mi corazón
allí.”
Cuando
el viajero se alejó de la vieja mujer, parecía estar
conscientemente tratando de mantener delante de él la visión. En
voz baja estaba cantando las palabras de Apocalipsis, que dice:
“Y vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo,
de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí
una gran voz del cielo que decía: ¡He aquí el tabernáculo de Dios
con los hombres, y Él morará con ellos; y ellos serán Su pueblo, y
Dios mismo estará con ellos como Su Dios! ¡Enjugará Dios toda
lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más
llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron!”
Cuando
veo al viajero por última vez, su acompañante misteriosa había
regresado para darle una advertencia final: Mantente
viendo a la ciudad y recuerda Quién te espera allí.
Él ha preparado un lugar para ti y pronto regresará por ti.
Mientras tanto, mira a la Ciudad. El renovará tus fuerzas para que
levantes alas como de águilas, corras y no te canses, camines y no
te fatigues.”
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