2.- EL
DESIERTO DE LA ADORACIÓN
“¡Agua!”
“¿Quién hubiera pensado que en medio del desierto habría un
mar?” El viajero está diciéndose esto, cuando lo veo nuevamente
en mi sueño. De lo alto de una inmensa duna, mira hacia abajo a la
expansión azul que se extiende hasta el horizonte. “Pero no, no
es agua”, recuerda. “El anciano señaló esto al principio del
segundo desierto.” Al ir descendiendo hacia la parte baja de la
colina, el extraño mar de arena no parece tan plano como se veía
desde arriba. Hay ondas azules que se extienden a la distancia como
si fueran un océano congelado. “¡Quizá haya una relación
entre ésto y “el mar de cristal delante del trono de Dios!”
Quizá las ondas se nivelarán conforme me aproxime a la Ciudad de
Dios.”
De
repente, una persona de hermosura no terrestre se encuentra parada
cerca del viajero. “Saludos”, la criatura le dice. “Éste
tramo es bastante largo. Muchos han perecido al tratar de cruzarlo
a pie. Yo te ofrezco una mejor forma.”
“Si,
yo tengo el poder para cruzar éste desierto en medio segundo. Y sí
tú me permites, te puedo llevar conmigo. Te puedo llevar sano y
salvo al otro lado inmediatamente.”
“¿Y
qué debo hacer?”
“Todo
lo que yo requiero es un acto nominal. Si sencillamente te
arrodillas y me rindes honor, te llevaré al otro lado de éste
desierto con la rapidez de la luz…”
“Pero,
“¿eso sería adorarte?, ¿no?”
“¿Por
qué te parece eso extraño? La gente lo hace todos los días. Tú
mismo lo hacías antes de que vinieras a éste desierto. Los
habitantes de Ciudad Cristiana me adoran con frecuencia. Algunos
adoran el dinero
– le sirven como esclavos. Nada más de pensar en él, sus ojos
se iluminan. Pero el amor al dinero es sólo un símbolo de mi
realidad.”
“¿Y
qué tal el romance?
¿Qué podrá ser más hermoso e inocente que estar enamorado?
Pero cuando el estar enamorado viene a ser la meta y domina
completamente la mente, se torna en idolatría. Y yo soy, nada
menos, el que está detrás de ese ídolo, dice triunfalmente. Pero
la adoración que personalmente me satisface más, es la que recibo
de hombres y mujeres que están persiguiendo el éxito
religioso.”
“¡Basta!”,
el viajero pone un alto a su jactancia. “Sí para obtener un
viaje rápido al otro lado del desierto tengo que adorarte, con mucho
gusto caminaré, aunque me tome toda la eternidad.”
Al
oír esto, la criatura encantadora desaparece derrotada.
Pronto
escucho al viajero hablando consigo mismo, otra vez. “Es posible
que en Ciudad Cristiana se pueda hacer como que se tiene fe en Dios,
mientras que la adoración de uno, lo que tiene la
mente obsesionada
día y noche, es realmente idolatría.
Ahora que he salido de allí, podré sobrevivir solamente sí me
pierdo en la adoración de Dios. Él ha dicho: “He
aquí yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis?
Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la soledad. Las
fieras del campo me honrarán, los chacales y los pollos del
avestruz; porque daré aguas en el desierto, ríos en la soledad,
para que beba mi pueblo, mi escogido, este pueblo he creado para mí;
mis alabanzas publicará.”
“¿Será
qué tal adoración sólo puede darse en éste desierto, con su
sequedad y calor martillante, con su luz que insensibiliza y su
misterioso silencio?”
Estas
reflexiones son interrumpidas por un repentino crescendo
de una música indescriptible, un cantar de belleza no terrenal.
Las voces parecen estar por doquier. De la parte alta de una onda
azul, el viajero observa a siete personas que están paradas en una
hondonada, con sus manos levantadas hacia el cielo, entonando
alabanzas a Dios. En medio de ésta música, su acompañante
regresa. Lleno de gozo, el viajero le dice: “¿Te das cuenta
como los siete adoradores realmente están rodeados por una multitud
de seres magníficos, cuyas voces se mezclan con las suyas? Yo
siento que aunque todavía estoy aquí en el desierto, en alguna
forma, ya he llegado a las afueras de la Ciudad de Dios.”
“Os
habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo,
Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de
ángeles, a la congregación de los primogénitos que están
inscritos en los cielos, a Dios Juez de todos, a los espíritus de
los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y
a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel…así que
recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud y
mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia,
porque nuestro Dios es fuego consumidor.”
Después
de un tiempo, el canto cesa. Todo se queda en quietud. No se ve a
nadie sino a los siete adoradores, quienes ofrecen al viajero la paz
de Dios. Desfilan sobre una duna, dejándolo solo con su
acompañante, quien lo lleva a un arroyo saltador y le provee
alimento.
“¡Así
qué éste es el Desierto de la Adoración!”, exclama el viajero,
todavía sorprendido por su experiencia.
“Si.
Aquí los cristianos aprenden a adorar a Dios Padre en espíritu y
verdad. Podrás llamarlo el pórtico de afuera de la Ciudad de
Dios; pues como tú has visto, los habitantes de esa Ciudad, están
alrededor tuyo. Allá en el Desierto del Perdón empezaste a
experimentar el poder de la sangre de Jesús limpiando lo más íntimo
de tu corazón. Aquí en el Desierto de la Adoración recibes el
Espíritu Santo. Dios te bautiza con poder de lo alto para que le
adores a Él, con una adoración, que en el desierto que sigue,
tomará la
forma de obras.
Joel capítulo 2 nos dice: “Y
después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y
profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos
soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también
sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en
aquellos días.”
“Nunca
había experimentado una adoración como ésta. Pero, ¿Perdurará?,
pregunta el viajero. ¿Podré continuar alabando con la misma
gracia al Dios viviente, en el desierto que me falta por cruzar?”
“En
ti se están dando cambios que, sí tú lo permites, permanecerán
para siempre. Tú corazón está siendo abierto por el
derramamiento del Espíritu Santo. Tú boca está siendo abierta
para que hables lo que Dios te de – “Tus hijos y tus hijas
profetizarán.” Y tus ojos están siendo abiertos para que veas
visiones y sueñes sueños. Estás recibiendo ojos que puedan ver a
Dios.”
“Pero,
¿Qué todo esto no sucede también en Ciudad Cristiana? Me han
platicado que éste tipo de cosas suceden todos los domingos en la
reunión de la Iglesia Apostólica del Futuro.”
“La
diferencia, hermano, está en que aquí no solamente pruebas la
adoración o te salpicas con la adoración. Aquí en el desierto,
te pierdes en la adoración de Dios de tal forma, que toda tu
alabanza y gratitud es
sólo para Él.
Todo lo que haces es hecho para Él.”
“Pero,
¿Qué no habrá peligro de volverse uno fanático?”
“Los
fanáticos adoran principios, ideas, personalidades humanas, aún
demonios, pero nunca a Dios. La adoración a Dios, que consume al
individuo, es la puerta, no al fanatismo, sino a una libertad tal
como nunca la has conocido. Cuando te pierdas en la adoración a
Dios, ya no adorarás tales cosas como el dinero, el romance, o el
éxito. Habrás encontrado el verdadero objeto de la adoración;
conforme le adores a Él, te sentirás realizado.”
Al
decir éstas palabras, su acompañante se retira. Una vez más, el
viajero se encuentra solo, sobre un mar azul de arena, perdido en la
adoración de Dios.
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