4.- LA
SIEGA
Al
llegar al extremo lejano del Desierto de la Oración, el viajero de
mi sueño, por fin se está dando cuenta clara de su destino. A lo
lejos, radiante de esplendor, está la Ciudad de Dios. Visiblemente
conmovido por la emoción, camina más rápidamente. De repente se
encuentra con una terrible peste y cuerpos que se quejan. Hay
cadáveres por todos lados. Los cuerpos que todavía tienen vida,
gimen pidiendo ayuda.
Una
mujer, doblada por el dolor, implora al viajero, “Por favor, por
favor, has algo por mí. ¡Ya no puedo aguantar éste dolor!”
“No
puedo hacer nada”, le contesta, ¿Qué crees que podría hacer por
ti?”
“Un
poco de agua es todo lo que necesito. Por favor, tráeme un poco de
agua.”
“Y
¿Dónde voy a encontrar agua en éste desierto?”
“¿Cuánto
tiempo piensas que sobrevivirás, le contesta, a no ser qué
encuentres agua para ti mismo? Por favor, busca un poco de agua y
tráemela.”
Mientras
el viajero, bastante perplejo, echa un vistazo por el desierto, su
misteriosa acompañante regresa y lo lleva a un manantial que se
encuentra rodeado de muchos frascos.
“Bebe
un poco tú mismo”, le sugiere, “y luego llena un frasco para la
mujer.” Después de beber el agua, el viajero inmediatamente se
siente fortalecido y le lleva agua a la mujer. Para cuando termina
de beber, su salud ha sido restaurada. Ella, inmediatamente toma el
frasco y corre al manantial y empieza a ayudar a sus vecinos. Hay
hombres y mujeres con heridas profundas, niños desmayados boca
arriba, respirando rápidamente y ancianos con vendas sucias
alrededor de sus cansado rostros. Algunos gritan de dolor y otros
lloran calladamente. Unos reviven con solo un frasco de agua; otros
necesitan muchos más. Otros viajeros también se ocupan en éste
esfuerzo. Las víctimas que ya han sido sanadas, participan en el
trabajo de levantar a otros. Mientras ellos llevan agua del
manantial, el viajero comparte éste pasaje del evangelio de Juan,
con un hombre: “Entretanto,
los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. Él les dijo:
Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. Entonces
los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien
de comer? Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del
que me envió, y que acabe su obra.”
“Creo
que ya me estoy dando cuenta lo que esto significa”, comenta el
viajero.
Pasa
varios días involucrado en el trabajo de revivir gente en ese lugar.
Un día, cuando está descansando junto al manantial, su
acompañante regresa y se sienta junto a él.
“¿Supongo
que no podremos proseguir a la ciudad de Dios hasta que hayamos
acabado?”
“Así
es”, le contesta ella.
“Pero,
¿Nos seguirán esperando?”
“No
te preocupes. Continúa reviviendo gente hasta que todos se hayan
puesto en pie. Entonces las puertas de la Ciudad de Dios serán
abiertas y sus habitantes saldrán y te escoltarán. Recuerda
esto.”
“¿No
decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega?
He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque
ya están blancos para la siega. Y el que siega recibe salario, y
recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce
juntamente con el que siega. Porque en esto es verdadero el dicho:
Uno es el que siembra y otro es el que siega. Yo os he enviado a
segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros
habéis entrado en sus labores.”
“Pero
las necesidades son tan enormes que ya me empiezo a sentir abrumado.
El gozo que siento por ver las restauraciones que toman lugar frente
a mis ojos, es desplazado, hasta cierto punto, por éste vasto mar de
desesperación. ¿Qué nunca se acabará esto?”
“Hermano”,
le contesta su acompañante, “así como tuviste que perderte en el
perdón de Dios y en Su adoración y en la oración, ahora te estás
perdiendo en La Siega. Una cosa es salpicarte
un poco, y otra cosa completamente diferente, es perderte
en ella.”
“Pero,
¿Cómo voy a tener fuerzas para seguir trabajando entre gente que
tiene tantas necesidades?”
“¿Qué
no es precisamente, lo que hizo Jesús?”
“Y
aconteció que estando Él sentado a la mesa en la casa, he aquí que
muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron
juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos. Cuando vieron
esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come
vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? Al oír esto Jesús,
les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los
enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia
quiero y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a los justos,
sino a pecadores, al arrepentimiento.”
“Debe
haberse desanimado bastante, ¿No?”
“Jesús
lloró sobre Jerusalén por la dureza de su corazón. Obviamente el
aliento más grande que Él recibió de los humanos, fueron éstos
pecadores arrepentidos. Nunca se cansó de ellos. Te puedes
entregar confiadamente a ésta siega, sin temor a sentirte abrumado
por ella, siempre y cuando mantengas tú visión de la Ciudad, y
hagas todo tu trabajo con todo tú corazón. El Espíritu del Señor
te sostendrá, sí tienes cuidado de escuchar a éstas personas, como
Jesús escuchó a la mujer del pozo, a los leprosos, a los cojos, los
ciegos y al padre del niño endemoniado. No tengas prisa. Toma
tiempo para escuchar y hacer las preguntas correctas. Averigua
dónde están dolidos y lo que realmente necesitan. Además, debes
hablarles de Jesús mientras haces tus recorridos con tu frasco. El
agua que llevarás en tu frasco y el mensaje son idénticos.
Ésta gente moribunda está sedienta de Jesús, no de teoría
acerca de Él, sino de
Jesús mismo.
El mensaje de Jesús es un trago de agua refrescante que les
devuelve la vida. Recuerda el versículo: “Sanad
enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios;
de gracia recibisteis, dad de gracia.” No
te sientas satisfecho sino hasta que la misericordia de Dios los haya
levantado a todos
sobre sus pies.”
“Si.
Medita sobre éste pasaje de Apocalipsis: “Y
vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de
Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una
gran voz del cielo que decía: ¡He aquí el tabernáculo de Dios
con los hombres, y Él morará con ellos; y ellos serán Su pueblo, y
Dios mismo estará con ellos como Su Dios! ¡Enjugará Dios toda
lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá
más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron!”
“Al
ir experimentando el trabajo de La Siega, y descubriendo que de hecho
puedes levantar sobre sus pies a éstos seres que perecen, dándoles
agua viva del manantial divino, Jesús, tendrán inmenso gozo. Las
experiencias del Desierto del Perdón, la Adoración a Dios y la
Oración, habrán desatado el poder para sanar a los enfermos en el
nombre de Jesús.” “El
que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún
mayores hará, porque yo voy al Padre.”
“El reto es resistir.”
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